El entundamiento del lector: reseña de “Tunda” de Jhon Anderson Hurtado

La estética de la edición también es digna de encomio. Fotografía: Newspresso.

En la mitología de la comunidad afrodescendiente del Pacífico del sur de Colombia y el norte del Ecuador, la Tunda es un personaje que atrae a las personas a la selva y las mantiene allí. Es una mujer horrible, que se aparece con la figura de la mamá de su víctima y que tiene una pierna de raíz de árbol y la otra en forma de bebé. En la selva, enamora a sus víctimas dándoles langostinos y los mantiene en un estado de trance, o entundamiento. Las comunidades le tienen mucho miedo a la Tunda y realizan rituales con familiares, chamanes y sacerdotes, con quienes se adentran en el monte llevando música y cánticos alegres, pero también usan groserías y pólvora para asustar a la Tunda, esperando que se aleje y deje libres a sus víctimas.

La Tunda también es un personaje central en la novela homónima del escritor bonaverense Jhon Anderson Hurtado, publicada por Caín Press. Al igual que el espanto, la novela envuelve al lector con manjares literarios como sus descripciones de la cotidianidad del puerto —tan entrañable como descarnada— o de la vida en Bogotá, también banales y duras; al tiempo, muestra la cara más horrible de vivir en un país como Colombia: conflicto armado, paramilitarismo, casas de pique, crimen organizado, pobreza y abandono.

La novela, aunque corta, es una montaña rusa de misterio, brujería y crimen, que hace que el libro se lea en una sentada. Está escrita con una línea de tiempo inversa. Arranca en el final de la historia y capítulo a capítulo va devolviéndose en un bucle que va y vuelve mientras se adentra en la brujería de Buenaventura, la investigación de lo paranormal, el conflicto y el bajo mundo del 7 de agosto en Bogotá —un barrio de talleres mecánicos, drogas y crimen. Este recurso hace que una historia vertiginosa, que se puede sentir como un rap de Crudo Means Raw, tenga momentos de sosiego, como el Canon en re mayor de Pachelbel, y otros de dolor desgarrador, como el tango “Antiguo reloj de cobre” de Miguel Montero. Así de versátil es la pluma de Hurtado.

La novela tiene brochazos autobiográficos. Están retratadas la infancia de Hurtado en Buenaventura, sus roces con los paramilitares, su escape a Bogotá, su trabajo como pintor de rines en los andenes del Siete y su sufrimiento en todos esos escenarios. En un ajuste de cuentas, Hurtado recibió varios impactos de bala que lo dejaron cuadrapléjico. Después de eso, cambió de vida y ahora estudia psicología a la vez que se dedica a escribir, oficio que desarrolla con una tableta y un lápiz táctil que opera con su boca.

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